|
Biografia de EDGAR CAYCE (1877-1945) - Parte 2 (Ir a la Parte 1)
En Hopkinsville le ofrecieron un puesto ideal, como aprendiz de fotógrafo. De hecho, aunque su padecimiento fuera incurable, estaría cerca de Gertrude y de su familia. A menudo lamentaba el no haber podido seguir estudiando para ser médico o predicador. Se reconfortaba leyendo la Biblia y se alegraba con la expectativa de casarse y de tener hijos.
En aquella época, el hipnotismo y los espectáculos teatrales eran muy populares. Un hipnotizador ambulante que se hacía llamar "Hart, ¡el rey de la risa!" llegó al teatro de Hopkinsville con su programa de comedia e hipnotismo. Hart tenía éxito y era concienzudo. Al enterarse de la dolencia de Edgar, aceptó procurar sanarlo. En una primera sesión, Hart lo hipnotizó y le sugirió que iba a recobrar la voz. Para asombro de los presentes, Edgar respondió con un tono normal a las preguntas que se le hicieron. Sin embargo, su cerebro no acató la sugestión post-hipnótica de continuar hablando claramente después de la sesión. Hart reiteró la tentativa en varias ocasiones, obteniendo siempre el mismo resultado: dormido, Edgar se expresaba de manera perfecta; despierto, volvía a su murmullo anterior. Los periódicos locales relataron la noticia, y cuando Hart se marchó a fin de cumplir con otros compromisos, mucha gente quedó persuadida de que el hipnotismo era, de alguna forma, la solución al problema de Cayce.
Sabiendo que ciertos pacientes bajo hipnosis mostraban facultades de videncia, un especialista de Nueva York, interesado en el caso, aconsejó que se repitiera el experimento pero, esta vez, pidiendo a Edgar que comentara su propia dificultad, en lugar de sólo sugerirle que recuperara la voz. Sus padres se opusieron porque él se había debilitado físicamente desde el inicio de las sesiones con Hart, como si éstas le hubieran quitado la energía del cuerpo. Gertrude no intervino, dejando que su novio eligiera por sí mismo, ya que a Edgar le gustaba la fotografía y que, de un modo u otro, podrían llevar una vida feliz juntos.
Cayce determinó someterse a una última tentativa bajo la supervisión de un autodidacta de la localidad, Al Layne, quien practicaba el hipnotismo y tomaba cursos de osteopatía por correspondencia. Además, propuso entrar en un estado similar al que le permitía memorizar sus libros de escuela en su adolescencia. Cuando estuvo dormido, Layne le preguntó cuál era la causa de su mal y la manera de curarlo. ¡Y Cayce contestó! Definió el problema como un trastorno psicológico que producía un efecto físico y recomendó que, mientras estaba inconsciente, se le sugiriera que intensificara la circulación sanguínea en las áreas afectadas. Layne respetó las instrucciones. Se pudo observar cómo la parte superior del pecho y la garganta de Edgar se tornaron color escarlata y calientes al tacto. Edgar permaneció unos veinte minutos así, en silencio; luego pidió que, antes de despertarlo, se le diera la orden de regularizar la circulación sanguínea. Layne siguió estas indicaciones y, despierto, Cayce se expresaba a la perfección, sanado de la dolencia que había sufrido durante un año. En esa fecha, 31 de marzo de 1901, Edgar Cayce había efectuado su primera lectura psíquica.
Tanto él como sus padres y Gertrude se regocijaron de ese desenlace inesperado. Ahora, su meta era forjarse un porvenir en la fotografía y casarse pronto. Cayce, en consecuencia, hubiera desatendido su don inapreciable, a no ser por el interés de Layne en el extraordinario fenómeno que había presenciado. Desde años atrás, Layne padecía molestias gástricas que los doctores no lograban aliviar, y se le ocurrió solicitar una lectura al respecto. Estaba seguro de que sus conocimientos médicos le harían identificar cualquier sugerencia terapéutica perjudicial que pudiera mencionar Cayce. A pesar de su escepticismo, éste aceptó, pues se sentía obligado con Layne por haberle ayudado a recobrar la voz. La lectura se realizó de forma análoga a la anterior. Dormido, Edgar describió la afección en detalle y mandó ciertas hierbas medicinales, un régimen alimenticio y ejercicios físicos. En una semana, Layne se había mejorado tanto que se entusiasmó aún más con la facultad de Cayce. Le alentó a que diera importancia a su habilidad e intentara resolver otros casos.
Edgar vaciló, porque no entendía el fenómeno ni conocía nada de medicina. Aparte de esto, sólo deseaba casarse, tener hijos y llevar una vida tranquila. Pero Layne le repetía que si su talento era beneficioso, tenía la responsabilidad moral de usarlo para el bien de la humanidad. Finalmente, después de mucho dialogar en familia, orar y examinar la Biblia, Edgar decidió continuar, poniendo dos condiciones: por un lado, si alguno de sus consejos resultara peligroso, las lecturas se interrumpirían enseguida; por otro lado, las personas involucradas recordarían que él era, ante todo, fotógrafo.
Una de las primeras lecturas se dictó para una niña de cinco años de edad llamada Aime Dietrich, gravemente enferma desde hacía tres años. Como secuela de una gripe, su cerebro había cesado de desarrollarse y frecuentes convulsiones sacudían su pequeño cuerpo. A pesar de las consultas a eminentes médicos y especialistas, su mente se quedaba en blanco y su estado empeoraba.
|